Tango Medellín
Tango Medellín
Guía cultural editorial
Homenaje a Carlos Gardel en Medellín, atmósfera vintage y dorada

Cronología editorial

Historia del Tango en Medellín

De los primeros fonógrafos en las cantinas obreras al reconocimiento de la UNESCO: un siglo de pasión, tragedia y resistencia cultural.

| Lectura: 9 min

Medellín no nació tanguera. Se hizo tanguera, nota a nota, disco a disco, tragedia mediante. La historia del tango en esta ciudad no es un capítulo menor de la historia musical argentina: es una saga propia, con sus propios héroes, sus templos y sus rituales. Lo que sigue es una cronología editorial que recorre más de un siglo de amor obstinado entre una ciudad de montaña y un género nacido a orillas del Río de la Plata.

1920 — 1935

La llegada: fonógrafos, cantinas y barrios obreros

El tango llegó a Medellín por el camino más humilde posible: dentro de las maletas de viajeros, en los surcos de discos de pasta que atravesaban el continente y en la voz de músicos itinerantes que bajaban desde los puertos del Caribe. A principios de la década de 1920, cuando Buenos Aires ya vivía su propia fiebre tanguera, los primeros fonógrafos empezaron a sonar en las cantinas del centro de Medellín, en bares estrechos y oscuros donde los obreros textileros terminaban sus jornadas de catorce horas.

No fue la élite la que adoptó el tango. Fueron los barrios populares —Guayaquil, Manrique, Aranjuez, Buenos Aires— los que reconocieron en aquella música porteña algo propio: la melancolía del desarraigo, la dignidad del trabajo duro, el orgullo de quien no tiene nada pero lo canta todo. Las cantinas se convirtieron en los primeros templos del tango en la ciudad. Un gramófono sobre el mostrador, un aguardiente en la mano y la voz de Carlos Gardel saliendo de un altavoz de latón: así se fundó una religión cultural que lleva más de un siglo.

Para comienzos de los años treinta, el tango ya no era una novedad exótica sino un tejido social. Los barberos lo ponían en sus locales, las emisoras pioneras de radio le dedicaban franjas completas y en las fiestas de barrio el bandoneón competía con la música de cuerdas colombiana. Medellín, sin saberlo, se estaba preparando para un acontecimiento que sellaría su destino tanguero de manera irreversible.

24 de junio de 1935

La tragedia de Gardel: el día que Medellín se volvió eterna

Hay fechas que dividen la historia de una ciudad en dos mitades. Para Medellín, esa fecha es el 24 de junio de 1935. Aquel lunes, en la pista del Aeropuerto Olaya Herrera, un Ford 5-AT-B Trimotor —matrícula F-31, perteneciente a la aerolínea SACO— intentó despegar rumbo a Cali. Nunca alcanzó la altitud suficiente. El avión colisionó contra otra aeronave estacionada y se incendió en cuestión de segundos. De las veinte personas a bordo, diecisiete murieron, entre ellas Carlos Gardel, el cantor más célebre del mundo hispanohablante. Solo tres sobrevivieron: su guitarrista José María Aguilar, el periodista norteamericano Grant Flynn y el agente José Plaja. El letrista Alfredo Le Pera —autor de Volver, El día que me quieras y Por una cabeza— no corrió la misma suerte.

La ironía del destino quiso que, apenas unos meses antes, un joven Astor Piazzolla de catorce años hubiera conocido a Gardel en Nueva York, donde le sirvió de recadero y figurante en la película El día que me quieras. Piazzolla, que más tarde revolucionaría el tango con su nuevo tango, siempre recordó aquel encuentro como el momento fundacional de su vocación. Y Medellín, que vio morir al ídolo, lo convirtió en mito.

La muerte de Gardel no apagó el tango en la ciudad: lo encendió. Lo que pudo haber sido un episodio trágico y pasajero se transformó en un vínculo de identidad. Los medellinenses no lloraron a un artista extranjero; lloraron a uno de los suyos. En los barrios se levantaron altares informales, los bares colgaron su retrato junto al del Sagrado Corazón y una generación entera juró mantener viva la llama de su música. Gardel dejó de ser un cantor argentino para convertirse en un santo laico paisa. Quien desee profundizar en la figura del Zorzal Criollo encontrará contexto adicional en la sección dedicada a los cantantes que forjaron la tradición gardeliana en Medellín, así como en la entrada enciclopédica sobre Carlos Gardel.

1940 — 1968

La época dorada: coleccionistas, vitrolas y el Salón Málaga

Interior de una milonga clásica en Medellín durante la época dorada del tango
El ambiente de las milongas clásicas: penumbra, madera y bandoneón.

Si la tragedia de 1935 fue la semilla, las décadas siguientes fueron la cosecha. Entre los años cuarenta y sesenta, Medellín consolidó una cultura del tango que no tenía equivalente fuera del Río de la Plata. Las emisoras radiales dedicaban programas enteros a la discografía gardeliana, y los coleccionistas de discos —aquellos guardianes obsesivos que atesoraban acetatos de 78 RPM como si fueran manuscritos del Mar Muerto— se convirtieron en figuras de autoridad cultural en sus barrios.

En 1957, Gustavo Arteaga abrió las puertas del Salón Málaga en el centro de la ciudad: un café-bar que se convertiría en el templo mayor del tango medellinense. Las vitrolas nunca dejaban de sonar, las paredes se llenaron de fotografías de Gardel, Corsini y Magaldi, y una generación de tangueros encontró allí su segunda casa. El Salón Málaga no era solo un bar; era una institución social, un museo vivo y un punto de encuentro donde obreros, poetas y comerciantes compartían mesa y música sin distinción de clase.

El reconocimiento llegó de manera formal en 1968, cuando la discográfica CBS otorgó al Salón Málaga un Disco de Oro por su contribución a la promoción y difusión del tango. Fue un hecho sin precedentes: una sala de barrio en una ciudad andina colombiana recibía un galardón de la industria musical internacional por mantener vivo un género que, en su propia tierra natal, empezaba a perder terreno frente a nuevas corrientes. Medellín se convirtió, sin discusión, en la capital mundial del tango fuera de Argentina y Uruguay.

El fenómeno no se limitaba al Salón Málaga. Decenas de bares, cafés y cantinas mantenían su propia programación tanguera. Los coleccionistas organizaban tertulias donde se escuchaban grabaciones raras, se debatía sobre las interpretaciones de Troilo o Di Sarli y se forjaba una erudición musical que hoy asombra a los investigadores. Aquel fue el periodo en que el tango dejó de ser la música de los barrios obreros para convertirse en patrimonio de toda la ciudad.

1972 — 1999

Declive y resistencia: los guardianes de la llama

A partir de los años setenta, el paisaje sonoro de Medellín cambió. La salsa irrumpió con la fuerza de Fania y sus orquestas, el rock anglosajón sedujo a las nuevas generaciones y, más tarde, el vallenato y la balada romántica ocuparon las emisoras. El tango, que durante cuatro décadas había reinado en bares y hogares, se vio desplazado del gusto mayoritario. Los templos del 2x4 empezaron a vaciarse. Las vitrolas callaron en muchos locales. El relevo generacional parecía roto.

Pero en Medellín, el tango nunca muere del todo. Mientras la corriente principal miraba hacia otros géneros, un núcleo tenaz de coleccionistas, bailarines y promotores culturales se negó a soltar el bandoneón. Leonardo Nieto Jaraba fundó la Casa Gardeliana en 1972, en el barrio Manrique —el corazón geográfico y sentimental del tango medellinense—. Lo que comenzó como un acto de devoción personal se transformó en museo, centro cultural y lugar de peregrinación para los amantes del tango de todo el continente.

En el centro de la ciudad, la Casa Cultural Tango Homero Manzi, ubicada en la Calle 48 con carrera 41, se estableció como otro bastión de la resistencia. Allí se organizaban milongas semanales, se proyectaban películas de Gardel y se dictaban clases de baile para quienes quisieran aprender los pasos que sus abuelos habían bailado. No eran lugares de moda ni de élite: eran trincheras culturales donde el tango sobrevivió porque alguien decidió que merecía sobrevivir.

Aquella generación de resistentes hizo algo más que conservar un repertorio musical: preservó una forma de entender la vida, la amistad y la noche. Los códigos del tango —el respeto por la pista, la elegancia discreta, el abrazo como conversación— siguieron transmitiéndose de maestro a alumno, de padre a hijo, de coleccionista a coleccionista. Cuando el siglo XXI trajo una nueva ola de interés por el tango, los cimientos estaban intactos gracias a estos guardianes silenciosos.

2002 — presente

El resurgimiento: patrimonio, festival y nuevas generaciones

El nuevo milenio trajo consigo un reconocimiento que los tangueros medellinenses llevaban décadas esperando. En 2002, la Casa Gardeliana fue declarada Patrimonio Cultural de Medellín, un acto oficial que validó lo que los barrios siempre habían sabido: que el tango era parte integral de la identidad de la ciudad y no un capricho nostálgico. El decreto no solo protegió un edificio; protegió una memoria.

Cinco años después, en 2007, nació el Festival Internacional de Tango de Medellín. Celebrado cada mes de junio —en coincidencia deliberada con el aniversario de la muerte de Gardel—, el festival se convirtió rápidamente en uno de los eventos culturales más importantes de Colombia. Las Tangovías, esas milongas al aire libre que cierran calles enteras para transformarlas en pistas de baile, atraen a más de cuatro mil asistentes por noche. Orquestas de Buenos Aires, Montevideo, Tokio y Helsinki se presentan junto a agrupaciones locales en un intercambio que demuestra la universalidad del género.

El reconocimiento internacional más significativo llegó en 2015, cuando la UNESCO designó a Medellín como Ciudad de la Música dentro de su Red de Ciudades Creativas. Aunque la designación abarcaba toda la riqueza musical de la ciudad, el tango fue citado como uno de los pilares fundamentales de esa candidatura. Por primera vez, un organismo internacional certificaba lo que Medellín sabía desde 1935: que su relación con el tango era excepcional, única y digna de protección.

Hoy, la escena tanguera de Medellín vive un momento de diversidad y expansión. Las milongas tradicionales del centro coexisten con nuevos espacios en barrios como El Poblado y Laureles, donde una generación más joven descubre el abrazo tanguero sin los prejuicios de la novedad. Hay academias que enseñan tango-salón con rigor rioplatense, talleres de bandoneón que forman nuevos músicos y colectivos culturales que organizan ciclos de cine, conferencias y exposiciones en torno al universo del 2x4. El tango en Medellín no es una pieza de museo: es un organismo vivo que se reinventa sin perder su esencia.

Desde los fonógrafos de las cantinas obreras hasta las milongas contemporáneas con iluminación diseñada, el tango ha recorrido en Medellín un camino de más de cien años. Un camino marcado por la tragedia, sostenido por la obstinación y coronado por el reconocimiento. Gardel, si pudiera ver lo que su muerte accidental sembró en esta ciudad de montaña, probablemente sonreiría con esa sonrisa que nunca envejece y diría, como en su tango más célebre: que veinte años no es nada. En Medellín, un siglo tampoco lo es.

FIN DE LA CRONOLOGIA

Lectura complementaria